Me miró a los ojos y enseguida supe que estaba enfermo. Yo había ejercido la profesión de médico durante cuarenta años. Le puse la mano en la frente y, efectivamente, tenía fiebre. Lo conduje a la enfermería del barco. Allí le hicieron unas pruebas. El resultado fue que dió positivo.
Se le aisló en un compartimento alejado. Se dió información de todo al capitán de la tripulación y a ésta. Se tomaron tomaron las medidas oportunas entre los pasajeros, y yo y el doctor y su equipo de a bordo nos pusimos manos a la obra. El virus se propagaba con rapidez y había que actuar con mayor celeridad.
Se detectaron dos nuevos casos asintomáticos y se procedió a su cuarentena. Entre tanto, un helicóptero militar ya volaba al encuentro del barco. Y se había contactado con el puerto más cercano, a unas trece millas, para atracar.
Todo parecía controlado cuando aparecieron tres nuevos casos, éstos más virulentos. Nos pusimos a la labor y estuvimos horas. El helicóptero llegó a medianoche, para repatriar a los infectados. Nosotros atracábamos horas después.
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