Salieron al balcón con vistas al mar. La brisa marina movía las hojas de las palmeras. Allí estuvieron departiendo unos minutos. Lloró. Todavía le latía el recuerdo. Él la asió del brazo y la consoló con un dulce beso.
Volaban gaviotas graznando. El sol percutía en el cristal de los edificios. Él la encaminó, a lento paso, al interior de la vivienda. Volvieron a hablar un rato, pero esta vez no tocaron el tema. Ella se sentía reconfortada. En el auto hablaron con un amigo. Tomaron un mate. El día, radiante, invitaba a la terraza de la cafetería. Y así lo hicieron. Ella pidió una tostada con crema de cacahuetes. Gorriones picoteaban en el suelo, palomas caminaban entre las sillas.
Él había tomado una tostada con jamón ibérico. Estuvieron un par de horas en la terraza. Leyeron la prensa y tomaron el auto. Lo pusieron rumbo al norte de la ciudad. La brisa ahora movía las flores de los cinamomos, tan aromáticas, en la plaza de Colón, donde un drago crecía en el centro de la glorieta.
Salieron del auto para caminar por el paseo marítimo. Niños pasaban en bicicletas, otros jugaban al fútbol. Había perros por doquier. Esta vez no hablaron durante todo el camino, una hora de paseo.
Él aún recordaba las lágrimas de ella, ella aún recordaba el motivo de sus lágrimas.