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BLOG DE LA CT SANTA CLARA. HOSPITAL VIRGEN DEL ROCÍO

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jueves, 11 de junio de 2026

El poblado de las casas blancas.

Eran cactus y más cactus lo que se sucedía por aquél árido desierto de Arizona.

Mcqueen galopaba en su blanco caballo. El destino: un alejado poblado de casas encaladas de piedra y falta de madera. Donde soplaba casi de continuo un fuerte viento.

Mcqueen iba pertrechado de revólveres, rifle, soga larga, cantimploras, pala para cavar y rastrillo, además de un quinqué para las noches de soledad.

Tras hacer una hoguera, se preparó un café, que más tarde tomaba con deleite, acompañado de una pipa. La tarde caía en el desierto, pero Mcqueen había encontrado un pequeño oasis. En él descansaría. Le esperaba el poblado con sus casas blancas y quizá la muerte.

La noche llegó y Mcqueen decidió pernoctar en el oasis. Y así lo hizo. Despertó con los aullidos de una manada de lobos o coyotes, no pudo distinguirlos. Estaban a más de tres millas.

El sol ya asomaba por las dunas. Mcqueen puso a trotar a su caballo rumbo al poblado. En dos horas llegó. El viento arrastraba el polvo formando remolinos, arbustos secos rodaban por las calles.

Entró en la cantina. Tomó un wisquy  y los servicios de una prostituta, y fue a la hora, al salir, cuando sucedió todo: en el salón de la cantina John Mayer le apuntó con su revólver. Estaba a unos quince metros. Disparó hasta en cinco ocasiones. Para entonces, Mcqueen estaba a buen resguardo, llevado allí por su rauda destreza. Respondió con tres disparos. Dado que John estaba descubierto, descubierto y borracho, recibió el impacto de dos balas, una le atravesó el muslo derecho, la otra le afectó el corazón. Del pecho de John Mayer brotaba sangre en abundancia. Mcqueen no sólo se había defendido, había cumplido con su misión de acabar con John. Para eso había cabalgado jornadas interminables de calor y espera. Atrás quedaba el poblado de las casa blancas. 

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